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De Quimeras y Ensoñaciones

Las dos hijas

Erase que se era un papá con dos hijas muy feas. El papá era la repera, las hijas unas pijas, que un buen día se hicieron la cirugía, la estética, patética, en una clínica con suelos de cerámica y gracias a que la mamá era rica, aunque el papá fuese un crápula que en prostitutas el dinero se gastaba, no había cuernos, dejémoslo claro, que era separado, mejor que eso, divorciado.

Y las feas hijas dejaron de serlo con el lifting, la liposucción, la silicona, las hormonas, proteínas liposolubles, vitaminas antioxidantes, antiestresantes, y antidesrratizantes, todo acabado en antes, pues antes eran feas y ahorita ya casi princesitas itas itas.
La mamá era rica y pagó la operación, pero de acá ya más no pasó, pues a las hijas educarlas quería en hacerse a sí mismas y la bola al papá pasó, y con la custodia de ellas, el hombre, a pesar ser el pobre, se quedó, aunque la mamá su buena pensión les pasó, y mamá se fue a hacer las américas en compaña de su aya y de su 69 avo flamante nuevo amante, capitán de un yate. Partieron de la costa de Alicante y de aquí en adelante poco más supimos hasta el final de semejante espécimen viajante.

El papá terminó de educar a sus hijas sin más, y va y les larga : “A casarse, niñas, y a mi me dejen en paz, o arrejúntense, lo mismo da, pero de casa os vais a largar, ¡¡ Pero ya ¡¡ , que libre para mi sólo ha de quedar, ¿oísteis?, Pues ya me estáis tardando, que lo quería para antes de ayer antes del amanecer”
Las hijas NPC (ni puto caso) le hacían, pues papá cocinaba, lavaba, compraba, y ellas en el sofá viendo Gran Hermano y de vez en cuando roncando, cotilleando, brujuleando, haraganeando, ensuciando y criticando, pues a la hora de papear al papá le decían cuan salado la sopa estaba, ó que quemada había salido, o que mala estaba la ensalada, o que fría la tarta de manzana, ó que cruda la carne estofada. Osea, que ellas, encima, se mostraban todas enfadadas con papá por ser cocinero remilgado, al que tan sólo la fabada, y de bote, le salía en su punto y agradaba el paladar de las muchachas, aunque más tarde flatulencia les provocara.
Y pues eso, que hartito de estas dos pelagatas de hijas que andaban todo el día en alpargata, con el mando de distancia entre sus faldas, las echó de casa, si, si, así como suena, morena, las echó de casa porque era suya y con el gato hacía lo que quería.
Viendo el panorama que se les presentaba, la una, se agenció a un maromo que era agricultor de los que conducen un tractor amarillo
¡¡Tengo un tractor amarillo, ¡¡
¡¡ Queeeeeeeee ‘s loque se llevaaaaaaaaaaaaa¡’hora ¡¡
¡¡pa, papa, para pa pa ¡¡
¡¡ Tengo un tractor amariiiiiiiiiiiiiiiillo, ¡¡
¡¡ porque ye la ultima moooooooooooda. ¡¡

¡¡ Hay que comprar un tractor, ¡¡
¡¡ ya lo decia mi maaaaaaaaaaaaaaadre ¡¡
¡¡ que la forma mas baraaaaaaaaaaaaata ¡¡
¡¡ de tener descapotaaaaaaaaaaaaaaaable. ¡¡
¡¡¡ Pa, papa, papa. ¡¡

Con el tractorista (menudo trasto el tractorista) se arrejuntó y la otra hija pija se agenció a un ceramista de los que hacen ladrillos de cara vista y no vista para las chozas de las cabras lo cabritos y los ca. los ca. los cabreros . Jo.er, que ez que toi mezclando tiempos antiguos con modernos. Los cabreros con obreros y albañiles que con sus chapuzas a destajo ganan más que Ronaldo currando de delantero.
Pues eso, chocolate hueso, que el papá se libró de los parásitos garrapateros chupasangres draculines de su hijas y parientes afines (entiéndase la suya mujer viajera, que aunque rica y heredera, era una pelma) , y le puso tres velas a la virgen de Lourdes por tal tamaño milagro acaecido, cuando pa viejo ya iba y la libertad tenía.

Y un mal día, el papá subió al cielo, Jo, ¡¡Que pena¡¡, se murió porque eligió no ser sensillo, odiaba la sensillez y el día anterior, yendo de visita, las dos hijas pijas, que ahora andaban medio bien, no es que cojearan o fueran hiciendo la S del bogacho, borrachuzo, mamoncente, no, sino que les iba bien la cosa, al ver al papá vivir a su anchas, pero en humildad, le dijeron aquello de : “Jo, papá, que sensillo vistes, que sensilla tienes la casa, que sensilla es tú vida desde que nosotras nos fuimos”, y el papá que escuchó la cansión de Isabelita, la del festival Eurojunior de`ste año y le hizo caso … ¡¡ Antes muerta qué Sencilla ¡¡ ¡¡Antes muerta qué Sencilla ¡¡ ¡¡Qué sencilla ¡¡ ¡¡ Qué sensilla ¡¡ y la hizo caso, se murió antes que sus hijas volvieran y le volvieran a tachar de sensillo. Y Subió al cielo. Y en cielo no le quisieron. Bueno, si, pero no, a ver, que si le querían pero antes podía elegir, por ser un buen y sacrificado papá y un mártir y una víctima de sus hijas, podía elegir concederles un deseo, uno a cada una.
Muerto y todo regresó a su casa, nadie se había dado cuenta de su muerte por ser sencillo y encaminose a casa de su primer hija pija.
“Que tal te va la vita, hija mía” – Le preguntó- sin más, así, como el que va a robar un banco y dice, Manos abajo, patas arriba.
“papá, soy dichosa osa osa, tengo un amigo por compañero sentimental que no está nada mal, eso de ser amigo con derecho a roce, y hay mucho goce, y tal y tal, amos, que genial, no me puedo quejar, más, ya sabrás que hortelano ano ano de oficio es, y quizá tal vez, ahora es tiempo de que tenía que llover, para la cosecha en abundancia poder recoger, si llueve, pues la mar de bien, que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, los pajarillos cantan, las nubes se levantan, que si, que no, que caiga un chaparrón, con azúcar y limón. Pues eso papá, que llueva sería genial”
Pos ya tá. Le pediría a San Pedro, cuando subiera de nuevo al cielo, que lloviera en gran cantidad para los huertos regar.

Y a la otra hija visitó y lo mismo le preguntó, contestole de esta manera tan fiera “ papá, papá, le quiero un porrón a mi marido, es tan fino, tan formal, tan educado, es la mar de resalado, soy muy feliz a su lado, la vida nos sonríe y no sé, sabrás que cocina ladrillos, salen muy duros y turgentes y para darles el toque final de estabilidad, un toque nuestro, de nuestra marca, necesitamos sol para que se cristalicen, los días de sol se cuecen solos y no necesitamos gastar en gas del microondas para cocerlos, tan sólo eso querría, días con sol, luminosos osos osos”

Ay vá, dijo el papá, que Jodías las tías. Si viven en la misma ciudad. Ja, Y reja jájá. ¡¡ Cullons¡¡ , no les puedo dar sol y lluvia a un tiempo a las dos. Y se los rascó, los Cullons.

Al día siguiente, transcurrido el plazo, ante San Pedro se presentó, las hijas pijas su cuerpo muerto enterraron y lloraron sin ton ni son, y como papá tenía dos deseos para conceder a quien quisiera y a sus hijas no podía ser por pendencieras y barriobajeras y de deseos contrarios tan llenas. ¿Qué podía hacer? . ¿perderlos?, uy, de eso ni hablar, con lo que le habían costado ganarlos, él, siempre tan sacrificado por sus hijas, alguna satisfacción habría de tener, así que pues los dos deseos pidió. Luego os los cuento cuales fueron.
Las hijas, una semana después, recibieron la visita de la mamá, pelín demacrada, descarada, desmaquillada, ajada, cejijunta, cariacontecida, entristecida, abatida, recaída, deprimida, acongojada, jurando sapos y culebras, gritando a los cuatro vientos su malahora, su desdicha, su malaventura y la primera hija la acogió en su casa, donde atendió a su madre a cuerpo de reina, al año siguiente le pasó la pelota a la otra hija, bueno, le pasó a la mamá, pero es igual, que era un embolao, y al siguiente año otro cambio de hija y así año tras año, año tras año, las hijas de la mamá cuidaban, la cual tendida en el sofá, el Gran Hermano veía, se gastaba los cuartos de las hijas en el bingo, bebía anís, se iba de juergas por las noches con Muy Buenas compañías masculinas, espectáculos de Boys, dirty dancing a troche y moche y alimoche . Osea, que la mamá pasó a ser como fueron las hijas, algo pija y despendolada, y las hijas a ser papá de su mamá. No sé si me expliqué, que vds lo entiendan bien. Ah, ¿qué no?, pues se siente, ajo y agua, no se repite el incidente, que me duele un diente.

Y ahora os cuento los deseos que el papá pidió “el primero, arruinar a mi ex, para que con sus hijas vuelva y el segundo hacerla vivir eternamente para que conmigo nunca vuelva”.

Que tal, os gustó la moraleja. Por mucho que lo intentes, nunca podrás complacer a todo el mundo a la misma vez.





Zapato Veloz.
Me miraste‚ con ojos de Gacela
cuando fui a visitarte en mi seiscientos.
Me pusiste‚ cara de pantera
cuando viste aquel coche tan pequeño.
Sabes bien que soy hombre de campo
y que solo tengo un descapotable.
Cuando llegue el próximo domingo
voy traerlo para impresionarte.

Tengo un tractor amarillo,
que es lo que se lleva ahora.
Tengo un tractor amarillo,
porque ye la ultima moda.

Hay que comprar un tractor
ya lo decía mi madre
que la forma más barata
de tener descapotable.
Pa, papa, papa.

Moza fina y de buena familia
tú prefires un chico de carrera
que tenga un automóvil extranjero,
buena paga y un chalet en las afueras.
Pero yo como vivo en el campo
solo puedo pasear con mi tractor.
Nunca pincha tiene aire acondicionado
y un meneo que te pone juguetón.
Tengo un tractor amarillo,
que es lo que se lleva ahora.
Tengo un tractor amarillo,
porque ye la ultima moda.

Hay que comprar un tractor
ya lo decía mi madre
que la forma más barata
de tener descapotable.
Pa, papa, papa.

La lectora

En sus rondallas matutinas había encontrado un lugar idílico, un lugar bucólico y pastoril. Plácidamente instalado en el maremagnum de la ajetreada ciudad se escondía como por arte de Birli Birloque un paraíso por descubrir, narcolécticamente seductor, relajante, sedante, un rinconcito al que se llegaba a través de un paseo bordeado de pinos primorosamente ajardinado, un paseo de pinos limpio, cuidado, solitario, casi virginal, verde, intensamente verde, donde el silencio apenas se rompía con el trino de los pájaros y el canto de los grillos, ese canto de los machos chicharreros al frotar sus élitros, un paseo bordeado por plantas aromáticas, melisa, lavanda y santolina, una especie de jardín tal cual fuese diseñado por el arquitecto que forjó los jardines de Babilonia y …

La Lectora se trasladó a la mitad del primer milenio a. .J.C., al imperio de Nabucodonosor II, a la ciudad babilónica y se transfiguró en su esposa, hija del rey medo Ciaxares y asistió a las ceremonias del templo Marduk y se paseó por la avenida procesional adornada con 120 leones, que conducía desde una de las puertas abiertas en la gran muralla doble franqueada por un foso, que rodeaba la ciudad, la puerta de Ishtar, nombre de una de sus divinidades, y decorada con policromados y esmaltados, hasta el gran zigurat del templo, la torre piramidal escalonada que conducía hasta el santuario de la Divinidad. Y paseó por el puente de piedra que cruzaba sobre el río Eúfrates que dividía Babilonia en dos. Y se paseó por su fastuoso palacio y sobre todo, por encima de todo, se recreó entre los primorosos jardines colgantes, un regalo de su esposo, jardines sustentados sobre bóvedas descendentes, jardines de ensueño, una de las siete maravillas del mundo.

La Lectora siguió caminando por el paseo de los pinos y en un récodo del camino, semioculto, íntimo, halló un banco y una mesa de piedra, un acogedor escondrijo para hacer revivir los personajes de sus libros. Se sentó en la piedra y abrió su novela. Volvió a Babilonia con Voltaire, a ser la princesa Formosanta. Tres reyes se disputan su mano, pero el faraón de Egipto, el Sha de las Indias y el gran Khan de los escitas son vulnerables ante la destreza y el talento de un joven desconocido que dice ser hijo de un pastor. La lectora se enamora de ese joven, Amazán, y emprende un peregrinaje detrás de este mancebo, el cual creyéndola infiel con el Rey de Egipto, viajará por tierras extranjeras, jurando no amar a nadie más que a Formosanta y no serla infiel, enseñándola cómo se pueden vencer las tentaciones y pasiones que en forma de bellas y seductoras mujeres se le ofrecen y él le es fiel, resiste, hasta llegar a la capital de los galos, gentes ociosas, frívolas y alegres y el joven olvida su promesa rendido ante la belleza de una joven, y es esa debilidad lo que le hace más humano y le afianza, no desbaratando su amor por Formosanta, sino que lo incrementa con nuevas promesas.

La Lectora se ríe, encima de la mesa dos niñas de doce años platican descaradamente, ella escucha, al parecer, la mas pizpireta se llama Lolita, la otra, Ardid, y Lolita le está diciendo a Ardid, en plan burlón, que ese nombre es estúpido, que parece un nombre de cuento que se lo hubiese puesto la Dama del Lago, y Ardid le responde que eso es imposible, pues la Dama del Lago es su más encarnizada rival, y ella es Reina de Olar, esposa del rey Volodioso y futura madre del Rey Gudú. Lolita se tapa los oídos para no oír semejantes sandeces y prefiere volver al libro, a seguir sus devaneos por medio país con su padre putativo, con H.H.
La lectora mira a Ardid y la pequeña Reina la invita a viajar por los túneles hechos por el Trasgo bajo la tierra y a deleitarse con el mosto de los viñedos de las tierras cálidas del sur y a volar en la nube del Hechicero para contemplar desde lo alto las mil y una batallas de sus fieros guerreros en el dominio y conquista de la Tierra Media, pero cansada de tanta lucha y tanta sangre, cierra el libro, no sin antes despedirse de Ardid y sus amigos.

A la semana siguiente, la Lectora, sentada en el banco de piedra del Picnic, en el recoveco del paseo de los pinos, es la única adulta y por ende mujer, en aquella isla habitada tan solo por niños que juegan a cazar jabalíes y hacer asambleas al ritmo de una caracola, pero es invisible, ella no puede intervenir ni aconsejar, no le está permitido inmiscuirse en esta novela, no tiene ningún papel, no puede dar consejos a Jack ó a Ralph, ó a Piggy ó a los gemelos, ni puede abrazar tiernamente a los pequeños, porque desvirtuaría el sentido del relato del Señor de las Moscas, y se limita a pasear por la playa y a bañarse en las pozas azul turquesa, y lo que más hubiese deseado fue haber podido introducir un caja de cerillas para encender la hoguera y una arma de fuego para cazar y por encima de todo cordura y sensatez, solidaridad y amistad.

La lectora llora, porque Alicia Almenara está viendo con sus propios ojos un mundo esperpéntico de seres deformes, grotescos, absurdos, tanto física como psíquicamente en aquel hospital psiquiátrico de la llanura castellana. Y se siente tan identificada con Alicia, con su intelecto, su clarividencia, su snobismo, su misterio, que llegar a ser ella y pasea agarrada de la mano de la niña oscilante y charla amigablemente con su amigo Ignacio Urquieta y se enamora del doctor y el horror de aquellos seres se va transformando en cariño y simpatía, ahora es capaz de empatizar con ellos, incluso con el lascivo y sobón jorobado o el celoso y asesino hombre elefante, con todos, excepto con el prepotente Director y Alicia, cuando recobra la libertad, esta le parece un sinsentido y vuelve, vuelve a su Hospital para quedarse para siempre y la lectora ha de cerrar el libro con todas las fuerzas de su voluntad para no quedarse ella también encerrada allá dentro como Alicia al crecer y crecer y crecer en el país de las maravillas.

Y la lectora pasea por las calles de San Petersburgo, encerrada en el corazón de un joven estudiante atormentado que acaba de cometer un crimen pero que no se siente un criminal y observa el raro mundo de la sociedad rusa de Dostoyesvski, y se enamora de quien no le corresponde y ama y no le aman y se muestra indigno y tiránico con los personajes que aborrece pero tierno y generoso con los que ama, y juega en los casinos y se emborracha y se bate por honor y provoca con las palabras. Extraño mundo.

La lectora sonríe, encima de la mesa tiene dos libros abiertos al mismo tiempo, y sonríe porque un hombre alto, lánguido, barbas de chivo, estrafalario, acompañado de otro bajo y regordete cabalgan a lomos de un rocín y de un jumento por las calles de Verona, y descubren hombres armados que se baten a espadas, los Capuletto y los Montescos, y la Lectora, se esconde tras de un arbusto, al comprobar como el hidalgo Don Quijote, lanza en ristre acomete contra aquellos malandrines, pero ellos son más y le descabalgan, le muelen a palos y abandonado, presencia desde el suelo la riña de dos hombres, Romeo venga a Mercucio, cortando la vida de Tybal, el querido primo de Julieta. Curiosa forma de mezclar a dos autores que aunque llegaron a morir el mismo día del mismo año, un 23 de abril, nunca se llegaron a encontrar ni tal vez a saber el uno del otro.

Y la lectora regresó a la biblioteca a proveerse de otro libro para leer entre los pinos y jugar a ser protagonista de los mismos.




Reseñas literarias :

La princesa de Babilonia, de Voltaire.
Lolita, de Vladimir Nabokov
Olvidado Rey Gudú , de Ana María Matute
El señor de las moscas, de William Golding
Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena
Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll
Crimen y Castigo, Noches blancas, el Jugador, de Dostoyesvski
Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes
Romeo y Julieta, de William Shakespeare

Harapos de piedra

¿Habéis visto hablar a los ángeles?
¿¡No!?
Pues cogeros de las manos y veréis lo que esta noche dicen:
Mirad, ¿le veis? . Son huesos que caminan hacia la piedra de siempre, ese sitio ha conocido muchos como él. Hoy brilla el astro, pero ayer llovió y quedan aun charcos en la escalera, saca ese pañuelo y va secando el escalón que hace el número trece
¡El mundo pasa a su lado! .
Se sienta, hoy en un cartón nuevo, el de ayer tenía tres meses y a su lado, con el cuidado de un padre, tiende su pañuelo mojado
¡ El mundo sigue pasando !.
Su espalda vieja ya no siente el hielo que sube y baja de aquella caverna oscura por la que el mundo pasa, cada día, cada tarde, cada mañana. No es nadie, nada tiene, unos guiñapos de antaño y una juventud que le robaron hace ya años.
Sus ojos no sienten, la indiferencia, la desgracia, el sufrimiento, el olvido, el hambre, los han secado y no hay odio en ellos, sólo ….. No, ni siquiera eso, también le han robado sus sueños.
Su mano, hueso y hueso, caída sobre el escalón apunta con sus dedos al cielo, su cabeza reclinada sobre sus harapos, no alcanza a levantarse y…
¡El mundo pasa a su lado!
Hoy, un niño sonriendo se ha acercado, él ha levantado su cabeza y sus ojos seguían vacíos. Una moneda ha caído de unas manitas asustadas y un trote de miedo los ha alejado a los dos, ella rodando hacia la caverna, y las manitas, llorando, se han agarrado a otras más grandes.
Ni los niños le hacen sentir ya, porque no fue ni niño, no conoció juegos y sus juguetes fueron el arado, el martillo y la carretilla.
Pocas tardes su pañuelo está tan vacío como hoy, algunas viejas beatas sacan una moneda de sus bolsos para él y se alejan diciendo: siempre les doy dinero a los pobres, me dan lástima, así pasan con la cabeza bien alta para luego murmurar: No sé porque les doy dinero, si luego se lo gastan en vino.
Es viejo, su barba lampiña, su ropa andrajosa, su poco pelo gris, su andar cansado y su historia morirán cuando él muera y ….
¡ El mundo pasará sobre su tumba! ,
Pisoteará las flores que nadie le lleve, y verá a su un hermano en el escalón que hace el número trece de cualquier estación, de cualquier plaza o de cualquier calle, con los dedos de la mano apuntando al cielo, ¡ pidiendo limosna ¡.
Duerme, donde puede y le dejan y su único compañero, el que le ayuda a pasar mejor las horas largas de la noche está siempre encerrado en una botella de cristal, más, al despertar ya se ha ido y le ha dejado para que vuelva al escalón que hace el número trece.
Es humano y …
¡ La humanidad sigue eternamente pasando a su lado!
Y volviendo su cara hacia donde él nunca está, disimulando haber oído sus gritos y corriendo para no oírlos más, porque él grita, aunque no sea con su boca, grita con su mano y sus harapos pegados a la piedra.
Es rico sin poseer nada, su segundo placer, pedir fuego a quien pasa para su cigarrillo hecho de mil trozos que el mundo va dejando cuando de él se harta. Con sus manos de hueso va desliando el montón de cigarros que ha recogido del suelo, medio quemados y tras cinco o seis y con un papel que compra en el estanco ha creado su pequeño placer.
El mundo al pasar a su lado, si alguna vez se detiene, sólo dice palabras, palabras, palabras…. ; palabras que no darán de beber ni de comer, palabras que darán una vuelta y al explotar iluminarán como fuego de artificios algunas mentes, para luego como fuegos caer en el olvido para siempre.
De los pobres será el reino de los cielos, más no de los pobres de espíritu, él lo es de todo, se cansó mucho ha de pedir ayuda y vagabundo solitario, envuelto en sus harapos, camina por un camino yerto y nublado.
No le quieren ya en ninguna casa, en ninguna, y dormita, teniendo de colchón cuatro barrotes de hierro de un banco de……, de cualquier parte; su manta, las hojas de un periódico cogido de la basura que el basurero permitió que se llevara y…
¡El mundo duerme tranquilo!
Unos dientes le hicieron brotar de madrugada, un hilo rojo en sus huesos, pero sonriendo de rabia y orgullo dejó tras de sí los ladridos que reclamaban el maná de la mañana.
Tiene canas en su cuerpo, pero no va a permitir que el mundo pase más a su lado y con sus manos de hierro y sus uñas de nervios va a agarrarse al mundo, hasta lograr pararlo y subiéndose a él va a decirle:
¡ Arreeeeee ¡ ¡Arreee, mundo, Arreeeee ¡ ¡ Para cuando yo te lo mande !
El orgullo de la sangre, la rabia del dolor parecen cambiarle, ahora tiene fuerzas para llevar las riendas y ordenar y hacer quien sabe que cosas más.
Un charco pequeño, cada vez mas grande, va secando el mar de duelos, va secando los huesos y anegando el césped del cementerio, y sus uñas, escarbando la tierra, parecen querer llegar a sus entrañas, para que nadie vea morir, con guiñapos de piedra, al hombre que le dijo al mundo:
¡ Arreeeeeeeee ! ¡ Para , cuando yo te lo mande !
Y el mundo no sabe, ni respetar su vida, ni respetar su muerte, sólo pasa y mira,
¡ Un muerto más ! ¡ Es el de siempre !
El testamento que nunca hizo porque nunca supo que era eso, decía: que mis ropas sean para el primero y a cambio, dadme eso que bien sabéis que más quiero, una botella llena del más dulce néctar, que me ayude a pasar las frías noches de infierno, y un pañuelo y un cartón viejo y yo sabré traeros unas monedas del cielo.
¡¡… Y su historia morirá cuando el muera, y el mundo pasará sobre su tumba y pisoteará las flores que nadie cada noche le lleve….!!

Soñé ser otro.

Jirones de estrellas pincelaban la noche del aquel enigmático edén en un gélido día de principios de diciembre, donde estrellas de artificio, ficticias, coloreadas de destellos y rutilantes trozos de cristal engalanaban la ciudad, que ataviada de luces mostraba sus parabienes a la Natividad, y al transeúnte que caminaba perdido y embriagado de colores y ruidos, de bullicio y prisas, de buscadores de sueño y perdedores de todo y de nada.

Se detuvo delante de una puerta abierta que le invitaba a pasar, a dejar atrás el edén multicolor, la realidad, y a sumirse en la ambivalencia de un nuevo jardín.
Notas de guitarra española en el interior, palmas, jaleo, taconeo, voces roncas y un olé de fiesta, trajes de lunares, peinetas y el olor de sardinas fritas en el aire.
Y un Pinocho futurista le saludó en tecnicolor, y deseó poseer la sombrilla mágica, la que daba sol y no lo tapaba, y la que hacía sentirse a todo el mundo bajo ella de buen humor, si él fuese un dibujo animado sería probablemente fabricante de sombrillas mágicas, pero era una persona humana, soñando, riendo las peripecias del mundo animado infantil en pantalla gigante.

Despertó cuando alguien le sacudía leve, pero insistentemente el hombro. Se había quedado dormido en el cine, uf, ¿había soñado con Pinocho ó era la película que habían ido a ver, ó quizá fuese una de baile flamenco?, era insólito, la cosa más extravagante, era un insomne sin solución de continuidad, un insomne perdido, que transcurría las noche de insomnio mirando la luna sentado en el porche pidiéndole deseos a las estrella fugaces. Se disculpó y salió a la realidad de la noche, tenebrosa, solitaria y a la vez bullangera, animosa, llena de rostros desconocidos y de luces en lo alto que guiñaban los ojos e impedían ver las fugaces y a las cuales no podías pedir deseos.
Esa noche descubrió una nueva estrella en el cielo en la constelación de Orión que nunca había visto, tan lejos, inalcanzable, ¿Porqué le sugestionaban tanto las estrellas?.

Regresó a su cine recién descubierto, a su lado, un niño de ojos inquietos jugaba a pistoleros, a matar a los malos sobre la pantalla fundida en blanco y le llamó papá, y al otro lado, una mujer sonriente le miraba enamorada mientras le tendía una bolsa de palomitas y le decía “prometo no despertarte hasta el final si vuelves a quedarte dormido” . Las luces se apagaron, se hizo el silencio entre los butacones, sintió la caricia de dos manos, una pequeña y otra suave y sintió que la verdadera magia estaba sentado con él a su lado.
La protagonista del film era increíble, una heroína de cuento de hadas, más sin parangón alguno con su mujer, una diva tan irreal a veces, tan dulce y comprensible, que creyó que estaría soñando.

De pronto, una bala le atravesó el pecho, muy cerca del corazón, oyó gritos, sintió dolor, sangre, ojos nublados, y entre la bruma la vio a ella, la heroína del cuento de hadas que valiente y arrogante arrancaba jirones de su falda y se empapaban a borbotones de sangre, ¡ Se manchaban de su sangre ¡

- Papá, despierta, la peli ya ha terminado.
Su mujer meció suavemente para terminar de despertarle, le guiño un ojo, le tomó de la mano, le atusó el pelo y salieron del cine.

Esa noche, después de hacer el amor, salió a mirar las estrellas y al rato observó una grande, después otra y otra y otra, cienes de estrellas fugaces serpenteaban allá arriba jugando a desaparecer y pidió un deseo, deseó seguir eternamente así, teniéndoles a ellos dos, a su mujer y a su hijo, together for ever, together for ever. Lo hizo cerrando los ojos. ¿Habría cruzado una estrella fugaz el cielo en ese momento? . Con los ojos cerrados no lo supo, pero al abrirlos seguían allí, zigzagueando, apareciendo de la nada para volver a la nada de nuevo.
Una lluvia de polvo estelar procedente de la cola de un cometa, dijeron los medios, pero él sabía que una de esas estrellas había recibido su deseo.
Su mujer apenas se movió cuando él se arrebujó entre las sábanas. Esa noche vencería al insomnio. Y lo hizo sin necesidad de ayuda complementaria, Morfeo apareció sin más, y el duende de los sueños se instaló a contarle batallas, soñó que regresaba al cine, soñó que era el protagonista de la película, soñó que acababa de abrir los ojos, que llevaba puesto un vendaje ensangrentado sobre su torso desnudo, tumbado en un camastro. Había mucha gente a su alrededor, soldados vestidos de uniforme que le llamaban teniente y en cuyos rostros reconocía a sus hombres, aquellos que habían hecho posible ganar la batalla, y un hombre vestido de blanco le terminaba de colocar los vendajes sobre el pecho, que seguía coloreado de grana, a continuación todos se apartaron de su lado y en un susurro oyó comentar “No podemos detener la hemorragia”, y fue cuando la vio, a la heroína del cuento de hadas, aproximarse, sentarse junto a su camastro, agarrarle la mano con fuerzas y apoyar su mejilla sobre la suya, mientras le comía a besos.
Las fuerzas se le iban con cada hilito de sangre.
Miró a los ojos de aquella mujer de película y vio en ellos la lluvia de estrellas fugaces.

Entonces lo entendió todo.

Él era real, él era el protagonista de la película, y él se estaba muriendo, no estaba soñando, no era un sueño, era auténtico, existía como ente real. Y fue cuando comprendió que durante su convalecencia en aquel hospital de campaña había estado soñando con un extraño mundo donde engalanaban las ciudades de luces para recibir la Navidad y había soñado con una mujer hermosa y un hijo y una casa con porche desde donde contemplaba las estrellas.
¡Que sueños más extraños! Y fueron tan reales que por un momento le hubiese gustado verlos hecho realidad, pero sabía que ya no era posible, que moriría allí mismo besando los labios de aquella mujer sin parangón alguno con la mujer de sus sueños.

Su último recuerdo fue el fundido a negro de la pantalla gigante del cine mientras una música de violines despedía la noche y él y la mujer de estrellas en los ojos se desvanecían esparcidos entre los recuerdos y las lágrimas de otra mujer, que en la fila nueve tomaba de la mano a un niño mientras despertaba suavemente a un bello durmiente.

Julio Cortazar escribió un cuento, la noche boca arriba, en la cual un personaje sueña un sueño, pero el sueño es lo real y la aparente realidad era el sueño en sí.
Acá en mi relato la realidad es que el protagonista de una película es herido de muerte y en su convalecencia sueña con un mundo raro donde tiene familia y es feliz y engalanan las calles con luces , así pues, lo real termina al terminar la película y morir su protagonista y con él también sus sueños irreales.
.

Pensamientos

Pensamientos

Mientras contemplaba los coloridos pensamientos que adornaban el jardín de la plaza, vistiéndolo de matices en la fría mañana, pensamientos, flores de invierno, colores, una mujer vestida de gris se levantó del banco de piedra y pasó a mi lado, caminaba despacio, arrastrando los pies, me pareció que temblaba, en su mano derecha, enguantada, llevaba un sobre blanco que se deslizó entre sus dedos y caprichosamente la brisa lo meció hacia el jardín para desesperación de su propietaria, que lo observaba, allá tendido, entre las flores.
Tengo debilidad por las mujeres ancianas, quizá resabios de un complejo de Edipo hacia aquella madre que nunca tuve, quizá deseos de proteccionismo, de ayudar, de sentirme útil sin recibir nada a cambio, no sé, pero no puedo ver a ninguna mujer sufrir.
Brinqué sobre la bordura de hierro forjada que impedía el acceso al jardincillo y recuperé el sobre tendido sobre las flores, mis torpes manos, sin quererlo, arrancaron un pensamiento amarillo, se lo entregué, junto con la carta, a aquella anciana, - parecía perdida, errática, despistada- me dio las gracias y siguió su camino hacia el edificio de correos.
Mi intuición no podía engañarme, aquella mujer parecía estar desorientada, con una alteración consciente de su realidad exterior, miraba sin ver, como hipnotizada, tal cual un zombie de película de terror. Cruzó la calle y se detuvo delante del buzón, sosteniendo el sobre en la mano, permanecía allí, ahora quieta, al instante moviéndose nerviosa hacia un lado, luego al otro, sin atreverse a introducir la carta. Había contemplado escenas similares ante ese buzón, pero nunca de tan intensa proporción, simplemente se limitaban a dejar la carta sobre la boca y luego empujaban, sin acercar la mano al bronce. Volvió a detenerse, colocó el sobre debajo del antebrazo para poder quitarse el guante de la mano derecha, y con la mano desnuda, decidida, levantó su carta, y metió su mano por la boca del león de bronce, aquel león que tantas veces me asustaba siendo niño, y permaneció allí quieta, valiente. Por un momento pensé que gritaría, que había perdido su mano allí dentro, que el felino había engullido su extremidad para siempre. Pero no ocurrió.
La seguí. Ante el museo arqueológico se detuvo, vaciló, miró hacia atrás, quería entrar, pero a la vez quería marcharse, no sabía lo que hacía, no parecía querer nada y creo que entonces comprendí que aquella mujer era una de esas extrañas, sin nadie, que vagan por las calles, afectas de la enfermedad del olvido, del no saber quien se es, del no saber que es lo que se quiere. Una mujer aturdida y perturbada, sin rumbo, sin casa, paseando por la ciudad en busca de alguien con quien poder hablar, solitaria, sin saber que hacer. ¿A quien iría dirigida aquella carta? . Probablemente no tendría destinatario. Es más, creo que tal vez, ella simplemente fue a jugar con el león de bronce, para demostrar que no le tenía miedo. Eso es, no había error posible, aquella anciana, después de tomar el sol, sentada en el banco de la plaza, desde el cual contemplaba a la fiera, le había retado, había adquirido un sobre y sin letras algunas dentro aceptó el desafío, la heroína que vence al rey de los circos romanos. Y lo hizo. Dejó su mano dentro de aquellas fauces de metal.
¡ Lo que a uno le hace hacer la locura ¡ .
Sentí una pena enorme por aquella anciana enajenada que dudaba si aquel museo, con sus puertas de cristal, sería su casa. No pude aguantarlo. Me acerqué a ella.
-Buenos días, ¿se acuerda de mí? , su carta, entre los pensamientos –le dije-
Me sonrió y me mostró la flor amarilla, que llevaba en el pelo.
-Vaya, no pense que …
-Es muy bonita, ¿es usted mi marido? – Y sonrió de forma cómplice y pícara- siempre me regala una.
Al oír aquellas palabras las pocas dudas que creía tener sobre aquella mujer se despejaron, sentí una profunda sensación de soledad y abandono ajena, a la vez que de ternura y compasión, no sabía quien era, y ella tampoco sabría decírmelo, pero necesitaba ayudarla de algún modo, compartir con ella un rato de charla y compañía, hacerle sentir una mano amiga en quien apoyarse, sin abrumarla ni humillarla a preguntas baladíes
- Yo trabajo aquí – mentí – en el museo arqueológico. He visto como usted dudaba en entrar, no tenga miedo, yo le acompaño y se lo enseño, es muy bonito.
Volvió a sonreír, se agarró de mi brazo y entramos a la oscuridad de aquel laberinto inanimado, cruzando las puertas traslúcidas de cristal.
- Hoy a regresado muy pronto, doctora – oí decir a una voz femenina, mientras mis ojos se acomodaban a la nueva iluminación artificial –
- Si, María –contestó traviesa y divertida – Ya sabes que siempre ando muy ocupada, pero hoy, en calidad de Directora de este Museo, voy a servir de cicerone y guía turístico a este joven tan simpático.

Chiqui

Era de tres colores, blanco, crema y negro, y cuando se revolcaba sobre su espalda contra el suelo a imitación de una S ondulantemente danzarina, era cuatro colores, blanco, crema, negro y una barriga rosada, blandita y esponjosa, suave y delicada, carnosa y sanguínea. Medía palmo y medio de alto por tres cuartos de ancho y dos y medio de largo sin contar con su cola.
Perrillo mariposa, bien, al menos..., al menos fue eso lo que nos hizo creer el vendedor del Rastro de Madrid.
- ¿Cómo es eso de que un perro va a ser un perro mariposa? .
- O, si, si. Es así porque sus orejas las tiene - Y el vendedor se colocaba sus manos extendidas por detrás de su cabeza, por encima de la nuca - levantadas hacia arriba, tiesas, no caídas. Eso le da una gracia especial y le hace más bonito.

Si hubiese sido por él hubiésemos tenido no uno, ni dos, sino los tres perrillos que tenía acurrucados en su cesto de mimbre alargado.

Gracias Pilar, por estar allí conmigo.
Tú y yo nos habíamos escapado, ¿ recuerdas? , no, claro, ahora ya no puedes recordar, ojalá pudieras, estabas allí y decías, no, no, que se va a enfadar, verás cuando la vea, yo no quiero saber nada, allá te las entiendas con tu padre.
Aunque a pesar de no querer saber nada, estabas conmigo allí en aquella escapada, delante de aquella preciosa bolita de pelos de hocico negro y frío, gracias .
Mil escapadas tendríamos que haber hecho tú y yo juntos.

Pero no quería hablar de su vida, sino de su muerte.
Fueron 16 años.
Si bien es cierto que ya no tenías la gracia de antes, esa energía que te hacía no estarte quieta nunca salvo cuando dormitabas con la lengua fuera, aún te queríamos un montón. Si bien es cierto que esos bultos supuestamente tumorales te hacían repulsiva y fea y ya no se podían ocultar, que colgaban grandes,enormes y globosos, multiplicados, que colgaban de tu en otra hora terso abdomen, y que hipotéticamente nacían junto a tus tetillas ; pequeños, invisibles e ignorados al principio, luego grandes como manzanas.
Aún estabas viva con nosotros.
Y aquello fue creciendo, junto con "el que dirán" de los vecinos al verte y el miedo a un hipotético contagio, pero tú, Chiqui, seguías siendo tú, no del mismo modo, incluso llegué a soñar que ya no estabas, antes de pensar en tu muerte. Ya no jugabas, te escondías debajo de la cama o detrás del sofá, cansina y adormilada, estabas fea y dabas miedo, y dabas pena, y cerrábamos los ojos y no te queríamos ver y no hablábamos.

Y un día se habló del veterinario y de una inyección letal..., pero no nos atrevíamos.

Y él, ya cansado de ti, dijo que lo haría el Sábado.
¡ No, por favor, no ¡
Pero sabíamos que no podías seguir más así. Y llego la noche del sábado y él buscó donde hacerlo, en el pasillo, colocó un palo entre dos puertas y allí dejaste esta vida para siempre.
A través de la puerta cerrada de la habitación varios ojos vertían lágrimas sin poder dormir. Lágrimas que fueron a más y se transformaron en sollozo, cuando a través de la puerta cerrada se oyó como él trajo la fregona y el cubo para limpiar la orina que el esfínter de tu vejiga no había podido contener cuando colgabas balanceándote en el aire al extremo de una cuerda. La congoja se transformó en llanto y la pena en sufrimiento y dolor, dolor no físico, pero sí lacerante e hiriente.
Qué sepas que todos te queríamos. Y aunque Pilar dijese que a ella era a la que menos caso le hacías ,a pesar de darte de comer, te quería tanto como yo.
Fué un día muy muy triste, creíamos que nunca iba a llegar, pues tu sentencia se había alargado todo lo posible, todo lo sostenible socialmente aceptable y tu entierro junto a la fuente fue un hasta siempre, pues cuando miro el llavero, tú estás ahí, tu imagen ha quedado impresa, serigrafiada en la chapa, después que tu fotografía de papel se desprendiera por el paso del tiempo y se perdiera, tu figura reína ahí, levantada, altiva, sentada sobre tus patas traseras y con tus manos en actitud pugilisticamente defensiva, a pesar de ser un dibujo difuminado sin mucha aproximación a la realidad de tu fotografía en papel, cuando cojo ese llavero, te veo y te recuerdo. Por ello te digo, que sabes que tienes un rinconcito reservado en mí, no sólo en esos tristes días, sino también en los alegres, en los largos paseos, los calcetines roídos, las caricias interminables e incesantes, los saltos al sofá, los juegos para hacerte rabiar, las cachetadas para que dejaras de comer cagarrutas de ovejas o te restregaras por cualquier hez fecal que te encontrabas y luego te volvías loca porque no soportabas el olor del jabón y del champú con el que te lavaban y tú te frotabas con el suelo y los bajos del sofá y corrías por toda la casa llevada por los demonios.
Ah, por cierto, fuiste lo más simpático del mundo, que lo sepas.

Soledad

Al subir al vagón del metro y pasar a su lado, los jovenzuelos estudiantiles procedentes de la ciudad universitaria se rieron cómplicemente de ella, mirándola y mirándose alternativamente los unos a los otros, habían finalizado la etapa escolar del día y se sentían ufanos y radiantes, gallitos de un gallinero, plagados de hormonas y con ganas de chanzas y picardías. Ella, por el contrario, se molestó, aquellas risas le sonaron a insulto, era una persona de mucha edad, la ancianidad se reverberaba en su rostro ajado, en su piel surcada de pliegues, de arrugas, unos ojos grandes y amoratados, cargados de bolsas, y sin apenas pestañas, bajo unas cejas grises y extrañamente cuidadas, en su mata de pelo ceniciento, desgreñado y sucio, que caía a modo de tiras de fregona por debajo de sus hombros y le tapaba media espalda, en su atuendo, su vestido excesivamente holgado para una enjuta y depauperada figura parecía haber sido sacado de una feria medieval, con saya de amplios vuelos, medias de lana, zapatillas de color rojo chillón y sin embargo sus prendas interiores eran de lencería modernista, nadie lo hubiese sospechado, ni tampoco que no desprendía olor alguno. Le molestó que la miraran y se rieran de ella y comenzó un monólogo que pretendía dirigirse a ellos y a todos lo usuarios de aquel vagón .
Su voz era grave, entrecortada sin llegar a balbucir, sin vacilar, y al hablar mostraba unos dientes amarillos y enormes y al pronunciar la S escupía sin reparos intencionadamente.

“Vosotros los jóvenes hoy vais por el mundo pisoteando y burlándose de todo aquel que se cruza en vuestro camino, inconscientes e inconstantes muchachuelos, yo también tuve vuestra edad y nunca me comporté con esos incívicos modales de borregos . Vuestras risas me molestan, pero ya no hacen daño, se han reído tantas veces de mi en tantos sitios, no, ya no me duelen.
Vosotros os creéis los dueños del mundo, y en cierto modo lo tenéis ahí para jugar con él, pues lo compartís juntos, y no sabéis de abandonos y de aislamientos, no sabéis lo que es la soledad, no, claro que no, no sabéis lo que es estar días enteros sin compañía, sin nadie a tu lado que te tienda una mano, de alguien que te hable, muchas veces no pido más que eso, alguien con quien hablar, bien es cierto que otras muchas, la mayoría, prefiero estar a solas, apartada, melancólica, pero en momentos como estos, solo deseo poder hablar con alguien, no sentirme tan sola, porque vosotros cuando dejéis este vagón iréis a reuniros con vuestras familias o amigos, compartiréis con ellos momentos alegres o tristes, pero juntos, y yo nada más hablo y seguro que me estáis escuchando aunque no me miréis, me estáis escuchando porque hablo fuerte y soy diferente, y no hay derecho a que nadie se ría de mi. Esos imberbes se ríen, míralos, como las comadres que cotillean al novio de la vecina, como verduleras de mercadillo, ¡ya callarán!, ellos no saben de soledad, esa carcoma que corroe y va pudriendo, quiera el diablo que se vayan a reír de ellos mismos, no hay respeto ni hay nada”

Los jóvenes, sentados un poco más allá, cuchicheaban entre si y dejaron de reír, pronto se olvidaron de la vieja loca chillona y se pusieron a hablar de chicas, y del próximo fin de semana.
Un hombre de mediana edad, sentado al lado, cansado de aquel monólogo, y haciendo de buen samaritano, empatizando con la mujer, más bien por beneficio suyo y por tranquilizar a la anciana más que por simpatía o ganas de entablar una afable amistad le habló.
-Tiene usted toda la razón del mundo-
La anciana calló.
Sacó de su bolso una pequeña cartera de cuero negro con los bordes desgastados, la abrió, desabotonándola y sacando varias fotografías, se la fue enseñando una a una a su compañero de viaje, la primera era en blanco y negro, diciéndole.
- Esta soy yo, mi marido que en paz descanse, y mi hija cuando tenía quince años. En esta otra están mis nietas, ¡Eran tan guapas de pequeñas! , tengo tres nietas y un nieto, dos de ellos ya están casados y con hijos, pero no tengo sus fotos. Sabe usted, mi hija es catedrática en funciones de la universidad y su marido es un rico empresario y abogado, por eso me ve usted en esta línea de metro, siempre que puedo vengo a verla sin que ella me vea, me escondo y la veo entrar en la facultad, y ya me siento contenta. Ese día, hoy no, hoy no la he visto, ese día mi soledad desaparece.

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En la mañana de hoy, mientras desayunaba, escuché tres mensajes dejado en una botella lanzado a las ondas de la radio, en el contestador de una emisora, uno era una mujer, no sé si era real ó era una actriz, pero tenía un toque tan dramático que me hizo temblar, Isabel Gemio le concedió poca importancia, habló más y se rio con el tercer mensaje, sobre el hecho de que en Almería hubiese nevado, por ello tal vez ... Era un grito angustioso de soledad, de una mujer que decía entre sollozos que se podía vivir sin alma, pero se preguntaba ¿Cómo se puede vivir sin nadie?. Creo que dijo llamarse Dolores Martín. Si alguien la conoce, -pidió a gritos ayuda- , yo quisiera tenderla una mano amiga.

Er sordao patachula

Erase que se era una vela en la casa de la abuela - ¡Como ardía la cera¡ - pues no hay más cera que la que arde, ande ande ande la Marimorena. Que meneíto tiene la nena de cadera, arsa esa niña guapa de largas melenas, arsa la Marimorena.

Había una vez un mocoso cabezón que su cumpleaños llegó, y el papá Santo Tomás, un juego le regaló, ni menos ni más que al perro Rantamplán, pero como comía en exceso natillas y flan, lo tuvo que descambiar y lo hizo por una oferta en carrecuatro de cinco x cuatro: Pagando cuatro sordaos te regalaban el quinto.
Eso, eso, chocolate hueso, como en la mili, que son los quintos:
“Quinto levanta,
tira de la manta,
quinto levanta,
tira del mantón,
que viene el sargento
con el cinturón”
Ja, pero que fiasco, en el paquete, a un sordao le faltaba una pierna, al otro la corbata , al tercero un zapato, al cuarto un brazo y el último tenía un ojo bizco y en el anaquel aquel donde ellos estaban, una toalla en la cual rezaba, ¡Mucho sexo perjudica la vista! ¿Sería por eso?, es que los otros cuatro eran también asmáticos, reumáticos y astigmáticos.

Lo fueron a descambiar, pero, ah, ni hablar, una vez el paquete abierto y de oferta, se han de quedar con el bulto, y como los cinco sordaos tenían su paquete en su sitio, mejor que el talegillo de un torero dicharachero, bien colocao, pues bebían colacao, del cambiazo, en el carrecuatro ni rogando, ni con el mazo dando les hicieron ningún caso.

Pues asín que vaya susto que se llevó el niño al ver su ejército diezmado, pero papá le dijo, muy ladino, que venían heridos de guerra y el mocoso para más fiabilidad, al sin corbata le mordió una oreja y se le calló un diente, al niño, no al sordao, que era de plomo.
Llevaban fusil y uniforme rojo y azul.
El mocoso los colocó sobre una mesa, con el cojo al frente, al que eligió de teniente, que se sostenía con una sola pata, igual de firme, que los otros con las dos y un cuarto y allá había más juguetes, había un encantador castillo-palacete que yendo para Albacete va y se la mete, molón de cartón y en la puerta abierta del mismo, oh, sorpresa con compresa, una linda mozalbeta con dos tetas y dos trenzas se mostraba de pie, cual azafata de feria, era de cartón, y llevaba un vestido de gasa muy ligera, tras el que se le transparentaban los tropezones de las témporas y una gran lentejuela muy brillante.
La jovencita extendía ambos brazos, como una bailarina de dirty dance que era, la muy hortera, ya que si fuera de madera, o de cera, dejaría de ser hortera y se convertiría en danzarina de primera. Y en su danza una de las piernas se alzaba tan alto en el aire que el teniente de plomo no podía verla , y suponía que a ella también, como a él, le faltaba una pierna. Consuelo de muchos, consuelo de … que pocos tocan al reparto y por eso no hay liberalización, pues los terratenientes se apropian del mismo, por lo tanto es falso, no hay consuelo de muchos, que el suelo está muy caro y los pisos regalados.

"Que titi más buena -pensó-. Pero ella es demasiado elevada, nada menos que azafata. Vive en un palacio, en tanto que yo sólo tengo una caja, y eso en común con otros cuatro sordaos . Tengo que tratar de relacionarme".

Y el teniente de plomo, se tendió detrás de una caja de rapé, -pero que no adivinaba el futuro, ni era extrafalaria, eh, ah, no, que ese es Rappel-, que había también sobre la mesa. Desde allí podía observar a la damisela, que seguía siempre en un solo pie sin perder en absoluto el equilibrio. Vaya pata más blanca, más tersa, más … amos que daba ganas de acercarse y echarle mano, hasta llegar al final del corbajo donde intuía la flor de un secreto guardada, pero desde allí tumbado, boca abajo, no acertaba a verle la flor, por mucho que se agachara, no le veía las bragas. Quizá no llevara. ¿Y si me acercara?.

Cuando las personas se retiraron a dormir, los otros soldados fueron guardados en su caja. ¡Que putada¡ ¡Que se joa el cocodrilo! .
Era la hora en que los juguetes juegan, y se divierten visitándose unos a otros; librando batallas o dando bailes. Cobrando vida. Incluso el cobrador del frac lo hizo. Los soldados de plomo muertos de asco en su caja, sin lograr levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y alguno se rompió un diente y el lápiz garabateaba guarradas en la pizarra.
Los únicos dos que no se movieron fueron el teniente de plomo y la pequeña bailarina, sin apartar los ojos de la flor de su secreto ni por un momento, por si ella se agachaba un poquito.

El reloj dio las doce... y ¡plop!, la tapa de la caja de rapé se abrió, levantándose bruscamente y salió un pequeño diablo negro, con un resorte, pues se trataba de una cajita de sorpresas.

-Soldado de plomo -dijo el diablo-, haz el favor de tener más cuidado con lo que miras, la bailarina, ni se toca, ni se mira, es mía. ¿Entendiste mequetrefe?

Pero el soldadito de plomo fingió no haberlo oído y le espetó, ¿Pero tú tienes estudios, piltrafilla? .

-¡Ah!, ¿sí? Pues ahora verás, pata chula de hojalata -amenazó el diablo- y una ráfaga de viento provocada por el soplido del monstruo orejudo con tridente estridente hizo que se abriera la ventana y después de abrida el diablo dobló su muelle y de un cabezazo, cual macho cabrío topón y cabr. al soldadito embestió, el cual salío rodando y cayó cabeza abajo desde el quinto coño del quinto piso sin dar un brinco, sin dar un grito, sin tan siquiera decir, por el culo te la hinco, como un corajudo sordao. Gritar si gritaron, la bailarina de pena, el diablo de satisfacción.

El teniente pata chula aterrizó sobre un zapato de un pazguato que paseaba a su gato, la bayoneta quedó encajada entre el dedo gordo y el rabo del gato, el pazguato tropezó y al suelo se cayó y al ver la causa de su aflicción, al soldadito cogió y lejos, el pazguato lo lanzó, unos críos lo encontraron : ¡Un soldadito de plomo! Le haremos dar un paseo en barco.
- ¡Mira que críos tan majos¡ -pensó el sordao- ¿Por qué no le dais el paseo a vuestros padres? .
Pero no le hicieron , pues no le oyeron, ni el más puto caso.

Y allá que va el teniente en su barco de papel, ¡Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela …¡
"¿Adónde iré ahora? –pensaba mientras pasaba por un túnel de madera-. Bueno, todo fue culpa de aquel diablo negro. Me topó, el muy cabr. , el muy cabrito de muelle contrito. ¡Ah!, si al menos estuviera a mi lado la muchachita del castillo, acá a obscuras, las cosas que haríamos, ya podría estar dos veces más oscuro, que no me importaría".

En ese momento apareció una gran rata de agua, que vivía en el túnel.

-¿Tienes pasaporte? -inquirió-. A ver tu pasaporte. ¿No serás Inmigrante ilegal? .

El soldado de plomo no dijo nada, pero aferró su fusil con más fuerza. El barco pasó de largo, pero con la rata detrás, muy cerca. ¡Oh, cómo rechinaba los dientes y gritaba: "¡Párenlo! ¡Párenlo! ¡No ha pagado derechos! ¡No tiene pasaporte! ¡No tiene papeles¡ ¡El contrato de trabajo¡ ¡El permiso de residencia¡"
Había entrado en el mundo alcantarillil y de allí viajó hasta el río.

El barco describió dos o tres círculos y se anegó hasta la borda; se hundiría sin remedio. El soldado de plomo, firme, en pie, gallardo, Miguel, con el agua al cuello, a donde también los huevos se le subieron, mientras el buque se iba a fondo con rapidez creciente. El papel se fue empapando más y más, y por fin el agua cubrió la cabeza del soldado. Glup, glup, glup, Oyes, a lo peor tengo suerte y me encuentro a la sirenita, que tampoco tiene patitas, sería una maravilla, pero quiá, na de na, él recordó a la bonita bailarina y a los malogrados polvos no echados, y a quien ya no volvería a ver más, y en sus oídos resonó un viejo estribillo:

A estirar a estirar que el diablo va a pasar, corre corre que te pillo. ¿Se estaría cepillando su enemigo a su bailarina de tersa y pierna fina?

Por último el papel cedió del todo, y el soldado se precipitó hacia el fondo. Y en el mismo instante fue devorado por un gran pez. Menos mal, rediez, que si no, se ahoga y muere cual reo colgado de una soga. Gracias pez, te debo una por esta vez.

¡Qué oscuro estaba su interior ! ¡Y qué estrecho! , más que un día punta en el metro. Pero calentito, como en el metro si te arrimas un poquito al cuerpecito de una moza primorosa, y el soldadito de plomo seguía tan impávido como siempre, tendido a todo lo largo, fusil al hombro, igualito que en el metro, ¡Que me ha metido mano¡ , uy, perdone, yo no he sido, y es bien cierto, no ha sido mano, ha sido con la bayoneta que cargada la llevaba. Y el pez se estaba cagando en todos los muertos del soldado, pues con su bayoneta le estaba pinchando las entrañas, cuando se supone que son los peces los que tienen las espinas con las que uno se atraganta.

De pronto el pez dio un brusco salto, al cual siguieron los más frenéticos movimientos. Disco bacalao y baches en la comarcal. Y finalmente quedó inmóvil. Cierto tiempo después, un resplandor como el de un relámpago llegó hasta el soldado. Se encontró una vez más a la luz del día, que penita penita pena, ¿dónde se habrá ido la morena que en el metro con su bayoneta…? y oyó a alguien que exclamaba en voz alta:

-¡Miren! ¡Un soldado de plomo! ¡Pero si es un pata chula¡

El pez había sido pescado, llevado al mercado, vendido, y traído a la cocina, donde la cocinera lo abrió con un largo cuchillo que a punto estuvo de sacarle el higadillo. La mujer tomó al soldadito con dos dedos y lo llevó a la sala, donde todos querían ver al militar que había viajado en el estómago de un pez. Lo pusieron sobre una mesa, y -¡asombro de los asombros!- ¡Patidifuso pitufo¡ se encontró en la misma habitación en que había estado antes. Vio a los mismos niños, y los mismos juguetes sobre la mesa, y también el hermoso castillo con la linda bailarina en la puerta.

La joven seguía manteniéndose sobre un pie, con la otra pierna en el aire y la flor de su secreto oculta, para más detalle. No había cambiado de posición. El soldado se sintió tan conmovido que estuvo a punto de derramar lágrimas de plomo, pero eso no hubiera sido propio de su condición.
La miró, y ella lo miró, ambos sin decir una palabra. Jo, en ese momento, se enamoraron, y ni flores secretas ni chorradas, ni metros ni bayonetas, ni sentimientos de compartir su cama, de domingos de futbol metida en casa, y dices que el amor igual que llega pasa y el tuyo se marchó por la ventana. Perales. Es decir, surgió el amor. Pero… Perro. Perrito. Perrillo. Perrita. Peritaje. Periquita.

En ese momento uno de los niños tomó al soldado y, sin razón ni motivo alguno, por puro capricho, lo arrojó al fuego. No hay duda de que el diablo negro de la caja de rapé fue quien tuvo la culpa, pues además de feo era teleesqui y teletiquismiquis y también telequisunodos y telequimeteysaca y por ende telequimimetico y telequimérico y telediurético y telepatético.

El soldado permaneció allí, entre las brasas, iluminado por las llamas, con un carbón entre la tercera costilla y el coxis
-¡Jo, -se quejó el teniente pata chula- pero si yo he sido bueno todo el año, ¿Porqué me hacen esto los Reyes Majos? , no quiero carbón, Que quería una de cuarenta, no, no, mejor dos de veinte- y circundado por el calor mas horrible, aunque no habría podido decir si aquel calor provenía del fuego material o de sus propios sentimientos. Había perdido todos sus alegres colores, tal vez como consecuencia de su peligroso viaje, quizá por la pena. ¿Qué importaba? . Osea, que era por feo por lo que al fuego fue, no por el diablo, que de telepapanatas no tenía nada y lo tenía todo. La culpa la del pintor, que no le hizo los colores azul y rojo a pruebas de estómago de pez. Abrase Bisto el vizco.

Volvió a mirar a la muchachita, y ella volvió a mirarlo, y el soldado sintió que se estaba derritiendo, ¡ que chorrada ¡,¡ ni que fuese de mermelada ¡ , que penita, me ha hecho verter una lágrimita al ver como la bailarina tiritaba, pero logró aún mantenerse firme, fusil al hombro.

Súbitamente se abrió una puerta, y la corriente de aire que se produjo arrebató a la pequeña bailarina, la hizo revolotear en el espacio como una sílfide y luego la arrojó directamente al fuego, junto al soldadito. Una pequeña llamarada, y pluf, cras, kris, todo el cuerpo de la joven desapareció. Coño, Hans, ¿Para que la creaste de cartón? Jate tú que disparate, ni un beso, ni una caricia, ni un acercamiento, ni un roze, ni manitas, ni un piquito, ni una palabra ¡Que crueldad¡ , ¡Que iniquidad! . Adiós flor, adiós amor, a la porra con el camisón, nada de nada.

Para entonces el soldado estaba reducido a un mero bulto. Cuando la sirvienta retiró las cenizas a la mañana siguiente lo encontró en forma de un diminuto corazón. Todo lo que quedaba de la bailarina era su lentejuela, y ésta tan quemada y tan negra como uno de los tizones de la chimenea.